4 febrero, 2026
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El libro secreto de Einstein: por qué el genio más grande del siglo XX dormía con don Quijote

Albert Einstein, el científico que transformó para siempre nuestra manera de entender el cosmos, tenía un objeto muy especial junto a su cama, y no se trataba de una fórmula inédita ni de un complejo tratado de física. En su mesilla descansaba El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Entre todos los libros posibles, el pensador más influyente del siglo XX reservó un lugar fijo a la obra de Cervantes. Así lo contó Leopold Infeld, físico y estrecho colaborador de Einstein, en su autobiografía The Quest, donde recordaba una escena muy reveladora:

“Einstein permanecía en la cama, sin camisa ni pijama, con Don Quijote en la mesilla. Era el libro que más le gustaba y al que recurría para relajarse…”.

No se trataba de una lectura esporádica. Einstein llevaba el Quijote consigo en sus desplazamientos, lo mencionaba en conferencias y lo consideraba mucho más que un pasatiempo. Para él, la novela era una especie de reflejo de su propia trayectoria vital.

Ese vínculo fue especialmente íntimo en los últimos años. En 1946, cuando cuidaba de su hermana Maja tras sufrir un derrame cerebral, Einstein le leía cada noche pasajes del Quijote, convirtiendo la obra en un refugio compartido.

Jamie Sayen, en su libro «Einstein in America«, cuenta que Einstein leía capítulos del Quijote a una de las hijas de su segunda esposa para entretenerla cuando era adolescente. Encontraba en las aventuras del hidalgo cualidades que valoraba profundamente: eran «alegres, sanas, llenas de humor, ricas en fantasía». Y añade un detalle revelador: «A menudo Einstein se identificaba desenfadadamente con el caballero loco”.

Para Einstein, ser un poco Quijote no era una debilidad. Era una necesidad. Sin ese toque de locura noble, sin esa disposición a luchar contra gigantes, aunque sean molinos, solo queda la mediocridad conformista.

Su biógrafo Walter Isaacson cuenta que Einstein comparaba sus propias batallas científicas con las aventuras del hidalgo manchego: ambos luchaban contra molinos de viento, solo que los de Einstein eran la comunidad científica que inicialmente despreciaba sus teorías.

Y no era solo una metáfora. Michele Besso, uno de sus mejores amigos, llegó a llamarlo explícitamente «Don Quijote de la Einsta» en 1917, cuando Einstein se empeñaba en luchar contra las ideas dominantes de la mecánica cuántica.

¿Por qué esta identificación tan profunda? La vida de Einstein antes de la fama tiene un aire quijotesco que pocas personas conocen. Recién graduado, ofreció sus servicios «a todos los físicos desde el mar del Norte hasta el extremo sur de Italia» No recibió una sola oferta y tuvo que conformarse con un puesto de ayudante de tercera clase en una oficina de patentes.

El mundo académico lo había rechazado. Como Don Quijote, Einstein había sido menospreciado por las instituciones que se suponía debían valorarlo. Y como Don Quijote, decidió seguir adelante de todos modos.

El primer encuentro de Einstein con el Quijote ocurrió en un contexto casi teatral. Recién acabados sus estudios, fundó con dos amigos la «Academia Olimpia», una parodia burlesca del mundo académico que lo había rechazado. Lo nombraron presidente en un ritual que recuerda inevitablemente a aquella venta manchega donde Alonso Quijano se convirtió en Don Quijote. Einstein pasó a ser «Alberto, caballero del coxis, presidente de la Academia Olimpia».

Prepararon un diploma con su busto bajo una ristra de salchichas. Era su manera de ridiculizar la pompa académica, igual que Cervantes ridiculizó las penurias imperiales españolas convirtiendo ventas cochambrosas en castillos rutilantes. En esa «academia» de tres amigos leyeron el Quijote. Y Einstein encontró en sus páginas algo que lo acompañaría toda la vida.

Hoy recordamos a Einstein por E=mc², por la relatividad, por revolucionar la física. Pero quizás deberíamos recordarlo también por esto: por atreverse a ser un Quijote en un mundo de Sanchos pragmáticos.

Por mantener un libro de más de 400 años de antigüedad en su mesita de noche, y encontrar en él no solo entretenimiento, también un modelo de vida.

Por identificarse sin vergüenza con un «caballero loco» y hacer de esa locura su mayor fortaleza.

Porque al final, tanto Don Quijote como Einstein nos enseñan lo mismo: que las batallas más importantes son aquellas que parecen imposibles y que a veces hace falta estar un poco loco para cambiar el mundo.

Einstein lo sabía. Por eso dormía con Don Quijote en su mesita de noche. Por eso lo llevaba en sus viajes. Cuando el mundo lo llamaba loco, él sonreía y seguía adelante, lanza en ristre, contra los molinos de viento de la ciencia predominante.

Juan Bautista Mata Peñuela Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

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