Ser joven (y mujer) en tiempos de desinformación: dos ejemplos de película

La preocupación por los efectos de la desinformación está centrando el esfuerzo de los expertos, los gobiernos y otras organizaciones sobre la población más joven.

Mientras nos escandalizamos con los datos sobre su dificultad para identificar contenidos falsos y nos dolemos con los informes sobre el incremento de los discursos de odio en la red, perdemos capacidad para la autocrítica. Los jóvenes no son los culpables; les hemos dado toda la tecnología y nos hemos olvidado de la alfabetización, el manual de instrucciones.

En estos días de sesgo, burbujas filtro, guetos digitales y polarización, he estado leyendo críticas, por comparar, sobre dos películas que he podido disfrutar en mis días de asueto navideño, zapeando por las plataformas.

Cuando una producción, como es el caso, genera controversia, eso que ahora llaman “batalla cultural”, suelo indagar entre las opiniones de los expertos, por si me he perdido o no he entendido algo del mensaje. Aunque, paradójicamente, también busco confirmar que he comprendido lo que quiere transmitir.

Las cintas en cuestión son Ron da error y No mires arriba y no, no he encontrado ningún análisis que refuerce mi opinión, así que igual me tachan de rebuscada.

Fotograma de Ron da error con el personaje de Savannah en el centro.
20th Century Studios

Ser joven hoy

Ambas producciones nos hablan, en el fondo, sobre la dificultad de ser joven en tiempos de Internet y desinformación. La primera, dirigida a un público joven, de Disney (20th Century Studios), muestra (de soslayo) la construcción esforzada de la vida virtual de Savannah, la típica chica popular de instituto que se gana cada me gusta y cada seguidor (que no amigo) a conciencia.

Sin embargo, un día esto se ve truncado por un vídeo que la ridiculiza y que se vuelve viral, generándole más fama que la proyección perfecta de su imagen. Algo similar le sucede a Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), en la propuesta de Adam McKay y David Sirota, para un público más adulto.

En tiempos de dulcificación de la realidad y corrección política, el mensaje incómodo, apocalíptico, de esta joven estudiante de posgrado de Astronomía, en un programa de la televisión, se convierte en gasolina para la industria del entretenimiento en línea. Su imagen se viraliza en memes, gifs, deepfakes, etc., y, lo que es peor, despierta la ira de quienes no comparten su mensaje. Todo como sucede hoy, “a la velocidad de un WhatsApp”. Aunque también encontrará fans que quieran hacerse un selfie con ella, para fardar.

Víctimas potenciales

El informe Desinformación en el ciberespacio. Informe de buenas prácticas, del Centro Criptológico Nacional (CCN), asegura que “cerca del 90 % de la población española entre 16 y 65 años puede ser potencialmente víctima de un ataque de desinformación”. Es decir, como Savannah y como Kate Dibiasky, nadie está libre de una imagen manipulada, un mensaje descontextualizado, una teoría de la conspiración, o del discurso del odio, entre otras formas que puede adoptar la desinformación, cada vez más sofisticadas.

Las dos películas, curiosamente, cuentan con un personaje común, el CEO de una tecnológica predominante, una suerte de Bill Gates, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg u otros gurús de la tecnología, según la imaginación del espectador.

En sendos casos se infiere su responsabilidad en el devenir de ambas jóvenes y los dos aprovechan el comportamiento irracional e impulsivo de los usuarios en Internet para aumentar el poder de la ingeniería social que han creado, escudándose en que sus decisiones responden a las demandas del público, a la economía de las emociones.

Una responsabilidad compartida

Consciente de las amenazas que supone la desinformación para la seguridad y el bienestar de los ciudadanos, recientemente, el parlamentario escocés Stewart McDonald ha puesto en marcha una iniciativa dirigida a los jóvenes quienes, reconoce, están a menudo en la diana de la desinformación por su uso intensivo de las redes. Su iniciativa busca que contribuyan con sus ideas a crear una campaña de concienciación que aborde este fenómeno y desarrolle “la resiliencia contra él”. Es una manera de poner el foco en el otro, en el compromiso de cada uno en la resolución del problema.

En el caso de España, por ejemplo, los expertos, como Eva Herrero, profesora de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) y coordinadora del proyecto ALFAMADESO, proponen un acompañamiento de los jóvenes, dotarles de herramientas, recursos y todo lo necesario para que, como dice la investigadora, “de manera autónoma sepan distinguir la información válida y tengan una visión más crítica de lo que escuchan, ven y leen”.

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Imagen promocional de ‘No mires arriba’ (Adam McKay, 2021), con el personaje de Kate Dibiasky en primer plano.
Netflix

Un escenario hostil y real

Volviendo a Savannah y a Kate Dibiasky. A la primera se le regaló un dispositivo sin el acompañamiento necesario para hacer un buen uso de él. No es que lo hiciera del todo mal, pero sí contribuyó a desinformar mostrando a sus seguidores una imagen idealizada de su vida, que se vio truncada por otra sin filtros ni ediciones perfectas.

Y a la segunda no se le facilitaron las herramientas para combatir el aislamiento que le produjo el discurso del odio. A las dos se las lanzó al escenario de los medios, donde cada uno parece tener su verdad electrónica, su e-verdad; un escenario cada vez más hostil para los jóvenes sin la alfabetización mediática pertinente.

Ellas son más vulnerables a los desórdenes informativos

El último informe de la ONG Plan Internacional sobre el Estado Mundial de las Niñas 2021, titulado Entre la Verdad y la Mentira, ofrece unos datos llamativos sobre los efectos de la información errónea y la desinformación en la vida real de las niñas y mujeres jóvenes. La mayoría confiesa sentir indefensión en la Red y haber sido objeto de contenidos que intentan “desacreditarlas, ridiculizarlas, humillarlas y mermar su credibilidad”, como les ocurrió a Savannah y a Kate Dibiasky.

¿Qué se puede hacer en estas situaciones? En el caso de los jóvenes, es especialmente importante reforzar su autoestima para que no la depositen en la aceptación de los demás; en Internet, igual que en la vida, nuestra valía no se puede medir en likes.

Además, debemos animarlos a conocer sus derechos y obligaciones como usuarios. Esto implicaría que sepan hacer un uso efectivo, no vengativo ni en falso, de los mecanismos de denuncia cuando se dan situaciones de indefensión que atacan a su libertad o a su honor.

Paula Herrero Diz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el original aquí.

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Una nota original de Diario de Castilla-La Mancha Información.

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