Alcázar de San Juan y su tradición cervantina

La tradición cervantina alcazareña tiene cuatrocientos sesenta y dos años, remontándose a la propia época en la que vivió Miguel de Cervantes que fue bautizado en Alcázar de San Juan un 9 de noviembre de 1558

Proemio de Vicente de los Ríos a la edición de 1780 de la Real Academia Española

La tradición cervantina de Alcázar de San Juan viene prácticamente desde el propio nacimiento de Miguel, cuya partida de bautismo se conserva en la parroquia de Santa María la Mayor. Esta tradición, por tanto, viene de muy lejos y no sólo se sustenta en la partida de bautismo, sino de la fe de vida directa que dan sus coetáneos y que nos ha llegado a través del testimonio de Fray Alonso Cano.

En el proemio a la edición de 1780 de la Real Academia Española, el académico y militar Vicente de los Ríos, Miembro de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia Española en Madrid, cuando se refiere a la partida de bautismo existente en Alcázar de San Juan, dice que hay razones para creer que esta ciudad es la patria de Miguel de Cervantes por razones de peso como es la de que en ella aparece el apellido Saavedra (que no aparece en ningún miembro más de la familia de Alcalá) y también en el hecho de tener añadida una nota al margen en la que se asegura que el autor del Quijote es el mismo de quien habla dicha partida y que fue incorporado a ella de forma manuscrita por Blas de Nasarre, bibliotecario mayor del reino cuando la encontró en 1748.

También dice el proemio que no sólo por estas razones se inclinaron muchos sujetos de sólido juicio a creer que Alcázar es la patria de Cervantes, entre estos merece un distinguido lugar el erudito Ilmo. Sr. Don Fray Alonso Cano, Obispo de Segorbe, que inquirió el origen de esta tradición la cual se propagó y se conserva entre los hombres más hábiles de esta ciudad. Alonso Cano comentaba que don Juan Francisco Ropero, Agente fiscal de la Cámara de Castilla que en Alcázar de San Juan tiene su patria, fue pasante de un célebre abogado llamado Quintanar, que aseguraba haberle dicho este, repetidas veces al pasar por una de las casas del lugar: “esta es la casa donde nació Miguel de Cervantes autor del Quijote, y lo digo y prevengo a Vm. Con el mismo fin que a mí, siendo mozo y pasante del Doctor Ordóñez, me lo decía este, pasando igualmente por aquí, es a saber, para que se conserve la tradición”.

Sigue Vicente de los Ríos diciendo que el mismo Juan Francisco Ropero averiguó que la pasantía de Quintanar con el Doctor Ordóñez fue por los años de 1690, siendo este ya muy anciano, de lo que se infiere que pudo haberlo oído y entendido de los mismos que conocieron personalmente a Miguel de Cervantes que murió entrado ya el siglo XVII.

Proemio de Vicente de los Ríos a la edición de 1780 de la Real Academia Española

Es cierto que estos argumentos, como los de que el autor conocía de forma fehaciente La Mancha, sabiendo perfectamente lo que eran los batanes, conviviendo con los molinos de viento, conociendo la ubicación de las lagunas de Ruidera y la Cueva de Montesinos, no son de peso como para determinar Alcázar de San Juan como la patria de Cervantes, pero no dejan de ser elementos discordantes que chirrían y mucho con la versión oficial.

 

Uno de los hechos al que los que los alcalaínos más se agarraban para autoproclamarse como patria de Miguel era que él mismo reconoció haber estado en la batalla naval de Lepanto y que por la edad del Miguel nacido en Alcázar (13 años), no podía haber sido el que tomase parte de aquel formidable combate. Pues bien, no solo la historia de Vicente de la Rosa (DQ 1, 51) desmiente esa versión de que un niño no podía estar en el ejército, sino que el propio Alonso Martínez de Leiva cuenta como con nueve años se enroló en las galeras de Nápoles de las que su padre era el capitán general. Además, otro dato nuevo recientemente encontrado se ha venido a añadir en favor de nuestra tesis, y es la relación de heridos que se encuentran en el hospital de Mesina, recuperándose de la batalla de Lepanto, en la que hay muchos soldados “que salieron heridos y mucha parte de ellos mancos”. En esta relación con la que Juan de Austria justificó a su hermano Felipe II los gastos originados por ayudas de costa con la que socorrer a los esforzados luchadores de Lepanto (y en la que algunos pasaban extrema necesidad), se encuentran dos soldados con el nombre Miguel de Cervantes, uno en la página 10 y otro en la página 16 -la última de esta relación-, siendo el nombre que la cierra justo antes del resumen que informa de las ayudas entregadas a 409 personas (no se trata del mismo Cervantes que recibe dos ayudas, sino que son dos personas distintas y contadas como tales) por un total de 17.606 escudos.

 

Pero volviendo a las personas que habían ido transmitiendo de una generación a otra que Miguel de Cervantes era de Alcázar de San Juan y que vivía en una casa situada en la plaza de la Rubia del Rosquero (actual plaza de Cervantes) hasta llegar a oídos de Fray Alonso Cano, vamos a arrojar luz sobre quiénes eran estas personas y lo fiable que puede resultar la información que de ellos proviene.

Comenzamos con Fray Alonso Cano Nieto, (Mota del Cuervo, Cuenca, 23 de enero de 1711-Segorbe, Castellón, 7 de abril de 1780), religioso trinitario calzado, Redentor General, Calificador de la Suprema, Ministro Provincial de Castilla de la Orden de la Santísima Trinidad, teólogo de Su Majestad en la Real Junta de la Inmaculada Concepción, censor de libros, académico de número de la Real Academia de la Historia, examinador sinodal de Toledo y Obispo de Segorbe. El 5 de abril de 1768 el rey Carlos III de España firmó una orden dirigida a las tres órdenes redentoras de trinitarios calzados, trinitarios descalzos y mercenarios, por la que hacía saber su voluntad de concertar un canje de cautivos argelinos por españoles, rescatando al mismo tiempo a todos los españoles que hubiese cautivos en Argel. ​ El rey nombró redentores al provincial de los trinitarios calzados de Castilla, Fr. Alonso Cano Nieto, Juan de la Virgen, trinitario descalzo y Antonio Manuel de Artalejo, provincial de los mercedarios. Salieron los tres redentores de Madrid el 26 de agosto de 1768.  Regresaron con 767 cautivos españoles el 24-11-1768. Posteriormente Cano Nieto regresó con todos los cautivos de Tabarca (323) a Alicante, aposentándolos en la Isla Plana que pasó a llamarse Nueva Tabarca. Dando libertad a un total de 1.090 cautivos españoles. Es decir, una persona erudita y de amplio conocimiento del mundo cultural, social y económico de su época.

Si bien Fray Alonso Cano, fue un personaje importante de su época no lo fueron menos las personas que le hablaron (haciéndole un fiel defensor) de la tradición cervantina alcazareña.

El coetáneo de Fray Alonso Cano es don José Ropero y Tardío, Agente Fiscal de la Cámara de Castilla, Administrador del Serenísimo Infante y abogado de los Reales Consejos. En 1752 contaba con 44 años (nacido en 1708), otros componentes de la familia viviendo en la casa: Leocadia Fernández de Toro, su mujer, 37, Francisco hijo 7, Josefa hija 5, Matías Sevilla sirviente labrador 36, mayoral Jacinto Maroto su mayordomo de 30, Isabel Redondo, su ama de 20, Victoria Cartas su criada de 30 y Francisca Orea su criada de 16 (Cuadernos Manchegos 25, 82).

Figura como Hidalgo en el Libro Maestro de 1750 (Cuadernos Manchegos 25, 38) con casa en la calle San Francisco con habitación alta y baja que linda a poniente con la casa de las Comedias y al norte con la casa de don Fernando Aguilera. Cocedor y cueva con veinte tinajas que caben dos mil arrobas. Frente de veintiuna varas, fondo de dieciséis, patio de seis en cuadro y corral de quince. Gran hacienda.

En el año 1742 (cuando tenía 34 años) era Alcalde Mayor de la villa de Alcázar de San Juan, tiempo en el que casi un siglo y medio después del retablo, cuando todavía es­tán vigentes los cánones artísticos del Barroco, y en su camino de evo­lución hacia el Rococó, se construye el camarín cuya inscripción dice así: “año de 1742 se acabó este camarín siendo prior fray don Pedro Ramos Novillo y mayordomos don Juan Francisco Ropero y Tardío abogado en los Reales Consejos y Alcalde Mayor de esta villa y Pe­dro Rioxa”  (Ana Belén Chavarrías Abengozar, Tesela 31, 11).

Ropero trabajó como pasante del abogado Quintanar, pero hablemos ahora de este segundo personaje, don Francisco Quintanar y Úbeda, clérigo y abogado que legó su herencia con terrenos y herradero (aun hoy se le conoce por ese nombre) para instaurar un pósito de cereal para los pobres y que por la mala praxis administrativa e interesada acabó formando parte de la hacienda del Conde de las Cabezuelas, hasta que lo recuperó otro alcazareño ilustre y combativo Juan Álvarez Guerra Peña quien comenzó en 1887 el proceso de rescate en el que invirtió su tiempo y su fortuna, y que su hijo Juan Álvarez Guerra Castellanos culminó en 1902, más de 150 años después del testamento de cesión de Francisco Quintanar. Aunque la justicia les dio la razón, aún habrían de pasar años y la intervención de otros miembros de la familia hasta conseguir que los pobres del pueblo de Alcázar obtuvieran la posesión de los bienes legados.

“La Obra Pía del Pósito del Monte de Piedad, aunque era más conocida como Pósito Quintanar, fue fundada por el presbítero alcazareño Francisco Quintanar y Úbeda que ocupó importantes cargos en la Corte, entre ellos el de abogado de los Reales Consejos y asesor real. Contaba con considerables bienes, entre los cuales destacaba una gana­dería de reses bravas, que surtía a las plazas de toros de Madrid. Al ser sacerdote no tuvo hijos a los que dejar sus bienes, y su única hermana Isabel, aunque tenía dos hijas, ambas habían profesado como monjas en el convento de la Purísima Concepción de Alcázar de San Juan.

Por ello decidió utilizar parte de sus posesiones en beneficio de los agricultores pobres de su localidad natal, para lo que creó un pósito pío, con el que asegurar el abastecimiento de grano, apoyando la labor del pósito público que ya existía. El 4 de noviembre de 1746 otorgó su testa­mento ante el escribano Alfonso Jiménez Avendaño, por el cual instituía por heredera universal del remanente de todos sus bienes a su hermana Isabel Quintanar y Úbeda, con la condición de que, si moría sin haber he­cho testamento o sin herederos declarados, ningún otro pariente podría alegar derechos ni reclamar los bienes. En dicho caso, toda su hacienda debía pasar a posesión del Pósito Pío que pensaba fundar junto con otros bienes de su propiedad.

También establecía que su hermana se tendría que encargar de com­pletar la creación de dicho establecimiento, si él moría antes de terminar con las gestiones para la apertura y puesta en marcha de la fundación, a la cual se proponía vincular el ganado vacuno, la labor de las Pedregosas y el molino de aceite con todas las olivas que poseía fuera de las viñas.

En todos estos documentos, Francisco Quintanar mostraba su clara voluntad de favorecer a los labradores más pobres y necesitados de su pueblo, permitiendo que realizaran la siembra de sus tierras sin la presión de los temporales o las sequías, que podían sumirles en una pobreza de la que ya no habría salida. También nombró a los administradores, al tiem­po que facultaba al principal de ellos, Francisco Antonio Saavedra, para que eligiera a su sucesor en el cargo. Por otro lado, volvió a recalcar que en el caso de que no le diera tiempo a fundar el pósito en vida, fuera su hermana quien se encargara de cumplir su última voluntad, a la vez que la nombraba como heredera universal del remanente de sus bienes, con la condición de que si ella moría sin testamento, no pudiese el Convento de la Concepción de Alcázar de San Juan, donde tenía a sus dos sobrinas como religiosas, ni ningún otro pariente, reclamar derechos sobre sus bienes, que pasarían a aumentar los del Pósito Pío.

El 10 de octubre de 1750, Isabel Quintanar, con objeto de que quedara constituida la fundación del Pósito Pío de su hermano, otorgó el corres­pondiente poder a favor de Juan Antonio, Bernabé y Francisco Antonio Saavedra y Marañón, y de Juan Romero Mercado, declarando que la fun­dación se tuviera por establecida y dotada con los bienes que su hermano había ordenado asociar a ella. 

En el testamento hecho por los comisarios de Isabel Quintanar, se indicaba claramente la localización exacta del pósito. Se construyó en las transpuestas de las casas principales donde vivieron los hermanos Francisco e Isabel Quintanar, situadas en una calle que llamaban de Cár­denas, que colindaba con otra denominada de Tocina. Con el tiempo, la calle principal recibió el nombre de Quintanar (hoy Juan de Dios Raboso), dando las espaldas de la casa con la calle del Barco, que es en la que se ubicó la puerta del pósito.” (Tesela 43, Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil y Concepción Moya García).

Este Francisco Quintanar y Úbeda a su vez fue mozo y pasante del Dr. Ordóñez quien le dijo personalmente donde nació y vivió Miguel de Cervantes en Alcázar. Rodrigo Ordóñez de Villaseñor que fue abogado del Santo Oficio de la Inquisición en Toledo (según Ángel Ligero Móstoles, La Mancha de Don Quijote I, pág. 151), además de abogado de los Consejos Reales que defendió a Alcázar de San Juan junto con el abogado Diego Fernández Romero en el pleito de Alcázar contra Herencia por la dehesa de Villacentenos, que se concretó en la Concordia entre Alcázar y Herencia de 1669.

Cómo abogado representó al municipio de Alcázar en la Concordia con Herencia “sobre la dehesa de Villacentenos”. El 14 de mayo de 1669 los alcaldes, justicia y regidores del ayuntamiento de Alcázar se reúnen en la sala del ayuntamiento  para analizar y discutir las condiciones que la villa está dispuesta a otorgar a la de Herencia y que sería: “…la quarta parte con dos casos de jurisdicción tocantes a la conservación de montes pasto y panes privativamente en dicha quarta que an de tener todo el aprovechamiento y esta villa ha de tener las tres quartas partes restantes que an de quedar para esta villa así en la Jurisdicción  como en el aprovechamiento para esta villa sin comunidad entre ambas y la villa de Herencia ha de remitir y perdonar cinquenta mil reales y la cantidad que le estuviere debiendo esta villa ala de Herencia y otras condiciones y en todo parece am venido entrambas villas excepto Enel ppunto de jurisdicción en la quarta parte que toca a Herencia sino es computándose la qurta parte por el camino que llevan los de Herencia a Manzanares hasta la venta de Quesada…” (intervienen los capitulares Don Juan Sánchez Peláez y Diego Fernández, alcalde ordinario -que acepta la propuesta de Herencia de dejar mojón fijo en el camino que va a Manzanares y que la justicia sea acumulativa, es decir, que la de Alcázar pueda intervenir al mismo tiempo que la de Herencia-, Pedro Díaz Cencerrado, Juan Hidalgo Saavedra y Gerónimo de Alderete. Dando poderes para el pleito al abogado Don Diego Fernández Romero Rexidor y al licenciado Don Rodrigo Ordóñez de Villaseñor, ambos “in solidum”. El poder se firma el 3 de junio de 1669, actuando como testigos el escribano Pedro Diaz Comino Cencerrado, Juan de Pozo Gallardo y Juan Sánchez Cotán, dando fe el escribano de la villa Manuel de Camuñas Román).

El día 5 de junio de 1669 se firma el decreto de Concordia. El 19 de junio de 1669 don Cristóbal de Nájera y Angulo gobernador y Justicia Mayor de los Prioratos de San Juan en Alcázar, delegó en Gonzalo del Peso, procurador del Concejo, para hacer información de opinión de los testigos, que fueron Cristóbal Ordóñez de Villaseñor (¿su hermano?), Juan Romero Caravaño, Pedro López de Lara, Fernando López de Párraga, Pedro Salcedo y Verdugo, todos ellos alcaldes que fueron de la villa y Juan Martínez Calvo, escribano. El rey Carlos II “El Hechizado”, confirmo la escritura de concierto (así como también por los Señores del Consejo de Castilla) el 30 de julio de 1669 (José Muñoz Torres,  “La lucha por el territorio: La concordia entre Alcázar y Herencia de 1669”).

De modo que las tres personas que han ido pasándose de unas a otras la tradición cervantina, son abogados y de los más afamados de su época, que formaban parte de los Consejos Reales y que eran totalmente influyentes en la vida política y social del periodo en que les tocó vivir, que formaron parte del Santo Oficio o de los pleitos más importantes de su tiempo, por los que las debemos considerar personas dignas de crédito y aceptar como verídicas sus afirmaciones.

He tenido que beber en los trabajos de otros alcazareños ilustres que me han precedido, así como en el de personas de fuera de la ciudad que han trabajado y estudiado para dar luz a la historia de Alcázar de San Juan: el doctor Rafael Mazuecos, Manuel Rubio Herguido, Francisco Saludador Merino, Ángel Ligero Móstoles, José Fernando Sánchez Bódalo, Francisco José Atienza, Ana Belén Chavarrías Abengozar, Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil, Concepción Moya García,  Ángel Martín-Fontecha Guijarro y José Muñoz Torres (Cronista oficial de la villa de Villarta de San Juan).

Los documentos que han ido apareciendo a lo largo de la historia apuntan a un Miguel de Cervantes nacido en Alcalá porque así ha interesado a la comunidad universitaria y de hecho todos los documentos apuntan al Cervantes “oficial” mientras que al bautizado en Alcázar se lo tragó la tierra, cuando lo normal es que algunos de ellos pudieran corresponder a nuestro paisano.

A la vista de toda esta tradición cervantina alcazareña a mí también me surge una gran duda (que comparto con Luis Miguel Román Alhambra que es el padre de esta idea), si hay dos partidas de bautismo diferentes, con dos nombres y apellidos diferentes y dos heridos con igual nombre, que habiendo participado en la batalla naval de Lepanto, se recuperan de sus heridas en Mesina… ¿Cuál de ellos ideó el Quijote?, ¿Dónde fue el lugar en que ambos se encontraron y se hicieron transferencia de conocimientos y experiencias?, ¿Cuál de ellos tuvo el genio literario de escribirlo? ¿Fue la misma persona?… Posiblemente esto nunca lo sabremos, pero lo que si tengo claro es que la persona que ideó el Quijote conocía perfectamente la Mancha y el espíritu de los manchegos y había recorrido de forma intensa y extensa todos los caminos que atraviesan esta comarca natural que no es exagerado llamar la comarca de don Quijote.

Constantino López Sánchez-T.
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan