En la ciudad mexicana de Guanajuato, donde se encuentra uno de los mayores templos dedicados al universo cervantino, se conserva una obra nacida en La Mancha que representa a Don Quijote cabalgando sobre Rocinante. Detrás de ese cuadro está la firma del pintor alcazareño José Luis Samper Sánchez-Villacañas, cuya trayectoria quedó vinculada al prestigioso Museo Iconográfico del Quijote gracias a su relación con el empresario y mecenas español Eulalio Ferrer Rodríguez.
La historia se remonta a octubre de 1978. Ferrer Rodríguez (Santander, 1921 – México, 2009), considerado uno de los grandes impulsores de la cultura cervantina en el ámbito hispano, había encontrado en México una nueva vida tras su exilio por la Guerra Civil española. Desde allí desarrolló una exitosa carrera en el sector publicitario que le permitió impulsar numerosos proyectos culturales y reunir una de las colecciones dedicadas a Cervantes y a Don Quijote más importantes del mundo.
Fue precisamente el catálogo de una exposición que José Luis Samper preparaba en la Casa de Cultura de Tomelloso lo que despertó el interés de Ferrer. Impresionado por la calidad y la personalidad artística de las obras del pintor manchego, decidió establecer contacto con él.
Así, el 20 de octubre de 1978, desde su despacho en Ciudad de México, Ferrer envió una carta a Samper en la que, además de felicitarle por su próxima exposición, le planteaba una propuesta que acabaría llevando la obra del artista alcazareño más allá de las fronteras de La Mancha y vinculándola para siempre a uno de los espacios cervantinos más emblemáticos del mundo.
“Aprovecho estas líneas para que considere la posibilidad de que me haga un lienzo al óleo con tema quijotesco que dejo a su libertad creativa”
— Eulalio Ferrer Rodríguez, carta a Samper, 20 de octubre de 1978
En aquella misiva, Ferrer le especificaba las dimensiones del encargo: un lienzo de aproximadamente 80 centímetros de ancho por 60 de alto, con libertad temática dentro del universo quijotesco. La obra estaba destinada a engrosar su ya célebre Museo Iconográfico del Quijote, ese monumento singular que Ferrer soñaba como el mayor repositorio visual de la figura del ingenioso hidalgo. El mecenas también pedía al artista que ajustara su precio a la remuneración museográfica habitual, señal de que el proyecto era una empresa colectiva y solidaria, y no un capricho de coleccionista.
Samper aceptó el reto. Tomó sus pinceles y creó una escena de un realismo sereno y evocador: Don Quijote a caballo sobre el blanco Rocinante, armado con lanza y escudo, atravesando el patio de una venta manchega de muros encalados y piedra viva, bajo un cielo de nubes rosadas.
La pintura, firmada “Samper” en el ángulo inferior izquierdo, capta la esencia de La Mancha que el caballero llevaba en el corazón: el paisaje árido, la luz de la meseta, el silencio heroico del que parte solo hacia lo imposible.
El 20 de marzo de 1980, Ferrer escribía de nuevo a Samper, esta vez para acusar recibo de la fotografía de la pintura quijotesca que el alcazareño le había remitido con su carta del 3 de ese mes. “Me parece que es una obra de calidad, digna de su firma, aunque ignoro sus medidas”, escribía Ferrer con la mezcla de entusiasmo y precisión que le caracterizaba.
En la misma carta encomendaba al artista que entregara el cuadro al señor Roberto Santa, encargado de hacérselo llegar a México, y le solicitaba un recibo en papel membretado para girarle las 50.000 pesetas correspondientes al precio acordado.
El dorso del propio lienzo atestigua hoy ese viaje transatlántico: sobre el bastidor de madera, figura su número del catálogo (nº 376) y en la parte trasera del lienzo, escrito a mano con letra clara, la propia letra de José Luis Samper, puede leerse “AUTOR: José Luis Samper / Pascuala 16 / Alcazar de San Juan / España”. Una inscripción sencilla que conecta para siempre esta calle alcazareña con las salas del museo mexicano, como si el cuadro llevara grabada su partida de nacimiento.
El Museo Iconográfico del Quijote (MIQ) en Guanajuato fue inaugurado en Guanajuato en 1987 y reconocido como Museo del Año por el Consejo Internacional de Museos, alberga una colección de más de mil piezas de artistas de todo el mundo que interpretaron la figura del caballero manchego Su acervo se exhibe de manera rotativa a través de 17 salas e incluye pinturas, esculturas, grabados, libros y cerámica fina inspiradas en la obra cumbre de Miguel de Cervantes.
Entre esa constelación de artistas universales, la obra de José Luis Samper Sánchez-Villacañas ocupa un lugar singular: es la voz de La Mancha real, la de los campos y los pueblos que vieron nacer al personaje. Una pintura que no interpreta a Don Quijote desde la distancia de la metrópoli o la academia, sino desde la tierra áspera y luminosa que lo alumbró.
La historia de este cuadro, recuperada gracias a la correspondencia conservada en el archivo de la Cátedra Ferrer —y gracias también a la amable colaboración de nuestro amigo Eduardo Alberto Reynoso Tostado, presidente de la Asociación Internacional de Lectores y Coleccionistas de don Quijote, A.C. y a su amistad con el director del MIQ, Sr. D. Onofre Sánchez Menchero, así como con la familia Samper de Alcázar de San Juan—, es también la historia de cómo la cultura de un pueblo pequeño puede trascender fronteras cuando encuentra el impulso y el reconocimiento adecuados.
Hoy, mientras miles de visitantes recorren el Museo Iconográfico del Quijote en Guanajuato, un pedazo de Alcázar de San Juan los acompaña en silencio, montado sobre Rocinante, lanza en ristre, dispuesto una vez más a acometer imposibles.
Constantino López Sánchez-T. y Salvador Samper Cortés
Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan

