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¿Por qué los médicos recomiendan esperar hasta los seis años para decisiones médicas clave?

En muchas casas, restaurantes, coches y salas de espera, una escena se repite diariamente: un niño pequeño se inquieta, se aburre o se enfada y, como solución, un adulto le entrega el móvil para que vea dibujos animados, juegue o escuche música. Si bien esta estrategia suele funcionar rápidamente, los pediatras y especialistas en salud infantil advierten sobre los problemas que pueden surgir cuando esta práctica se convierte en una costumbre habitual.

Las recomendaciones médicas son cada vez más claras en este sentido: antes de los seis años, se debe evitar el uso de pantallas. Esto incluye no solo móviles y tablets, sino también televisión, ordenadores, consolas y cualquier otro dispositivo que mantenga a los niños mirando una pantalla de manera habitual. La Asociación Española de Pediatría (AEP) ha incluido en su Plan Digital Familiar que, para los menores de seis años, no hay un tiempo seguro de uso de pantallas, sugiriendo que se limite a situaciones muy específicas y siempre acompañados por un adulto, como en el caso de videollamadas familiares.

La preocupación por el uso temprano de pantallas radica en que los primeros años de vida son cruciales para el desarrollo infantil. En este periodo, el niño debe aprender a hablar, moverse, relacionarse con los demás, reconocer emociones y regular sus reacciones. Estas habilidades se desarrollan a través de experiencias tangibles: mirar a las caras, escuchar voces, tocar objetos y jugar con otros. Por lo tanto, el problema no reside únicamente en el contenido de las pantallas; incluso los materiales que parecen educativos pueden desplazar actividades más esenciales para el desarrollo del niño, como jugar, correr o escuchar cuentos.

La AEP ha actualizado sus pautas sobre el uso de pantallas, estableciendo que, entre los 0 y los 6 años, su uso debe ser evitado; para los niños de 7 a 12 años, se recomienda un máximo de una hora diaria, incluidas las tareas escolares; y para adolescentes de 13 años en adelante, se sugieren menos de dos horas al día, también considerando el tiempo de deberes y uso académico. La intención no es prohibir la tecnología de forma definitiva, sino introducirla más tarde y de manera controlada, en compañía de un adulto.

Los estudios respaldan esta preocupación, relacionando el uso excesivo de pantallas con problemas de sueño, atención, desarrollo del lenguaje, rendimiento escolar y regulación emocional. No se trata de alarmar a las familias, ya que muchos padres recurren a las pantallas por agotamiento, largas jornadas laborales o falta de apoyo en su entorno. Sin embargo, es crucial que estas recomendaciones se vean como medidas para fomentar hábitos más saludables, y no como un reproche.

Una de las nociones que más se escucha en este debate es el concepto del “chupete digital”, que ilustra cómo el móvil o la tablet se convierten en una solución rápida para calmar a los niños. Aunque puede ser un alivio temporal, si se convierte en una solución común, afecta la capacidad del niño para gestionar sus emociones adecuadamente. Aprender a calmarse y esperar son habilidades que se desarrollan mejor con la ayuda de un adulto que le guíe.

En paralelo, los retos no se limitan a los más pequeños. Cada vez más, se observa en adolescentes el uso emocional de herramientas de inteligencia artificial (IA). Algunos jóvenes recurren a sistemas como ChatGPT no solo para ayuda con sus estudios, sino en busca de validación personal o asesoramiento emocional. Estos sistemas pueden parecer útiles, pero no reemplazan la interacción humana ni la orientación profesional.

El llamado a la acción para las familias es claro: hay que replantear el uso de la tecnología y establecer límites. Algunas recomendaciones incluyen no utilizar pantallas durante las comidas, evitar su uso previo al sueño y preparar opciones de actividades o juegos para momentos de espera.

Si bien puede parecer complicado implementar la recomendación de cero pantallas antes de los seis años en una sociedad tan digitalizada, los expertos subrayan que es posible separar la vida digital del desarrollo temprano. Aprender sobre tecnología no necesita comenzar a tan temprana edad; la prioridad de un niño pequeño es explorar el mundo a través de la experiencia directa, no a través de una pantalla.

Por lo tanto, la responsabilidad no recae únicamente en las familias. Las escuelas, las plataformas y los fabricantes de tecnología también deben asumir un rol activo en este reto, ayudando a crear un entorno digital más seguro y saludable para los más jóvenes. La regulación que se desarrolle en torno al uso de tecnologías por menores deberá tener en cuenta que proteger la infancia requiere tanto de un enfoque familiar como de un diseño responsable de la tecnología que utilizan.

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