Samarcanda, la joya más preciada de Asia Central

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Samarcanda lo tiene todo y, sin embargo, la primera impresión al llegar a ella decepciona, especialmente si antes se han visitado las pequeñas y armoniosas joyas de Bujará y Jiva en Uzbekistan. Y es que antes de descubrir los tesoros de Samarcanda, uno se encuentra con una ruidosa y activa ciudad de casi tres millones de habitantes, moderna, cuidada y con tráfico intenso. Por supuesto, también con grandes centros comerciales y tiendas de moda… los zocos y bazares hay que ir a descubrirlos. Y también los imaginados callejones estrechos, arcos entre las casas, ventanucos de madera y numerosos minaretes llamando a la oración cinco veces al día.

El mérito de Samarcanda no es casual, está en la encrucijada de culturas, de saberes, de lenguas venidas de aquí y de allá… No es extraño la serie de definiciones a cual más bella que ha recibido a lo largo de la historia: Centro del Universo, Espejo del Mundo, Jardín del Alma, Perla del Este, Joya del Islam… Este fabuloso oasis en el borde oriental del desierto de Kyzylkum ha tenido comerciantes y soldados, poetas y peregrinos con letras líricas durante casi tres milenios. Hace poco se celebraban los 2.750 años de la fundación de la ciudad, siendo por lo tanto uno de los lugares poblados de forma continuada más antiguos del mundo. Antes de convertirse en capital cultural del Islam, hubo de sufrir asedios y destrucciones.

La primera vino con Alejandro Magno en el año 329, que antes de destruirla afirmó: “Todo lo que he oído de Marakanda (su antiguo nombre en griego) es cierto, excepto que aún es más bella de lo que imaginaba”, lo que no le impidió arrasarla, luego fueron los chinos y persas quienes se ensañaron con ella y solo los árabes en el siglo VIII le dieron un primer auge cultural, aunque duró poco y hubo de pasar de mano en mano durante siglos entre turcos, árabes, samánidas, qarajánidas, de nuevo turcos selyúcidas, mongoles… hasta que Gengis Khan la destruyó otra vez. Finalmente otro guerrero, el cruel Tamerlán (Amir Temur), que sin embargo era un gran protector de las artes y el saber, fue el que la embellezó y la convirtió en capital de Uzbekistán y de Asia Central, en 1370. Casi cien años antes el intrépido viajero Marco Polo atraído por su fama, por sus fiestas, su lujo y su fasto del que daban muestra sus 40.000 jaimas decoradas con riquísimas sedas y joyas, pasó por allí en su camino por la Ruta de la Seda y, aunque todavía no pudo apreciar todo su esplendor ya descubrió que la ciudad prometía. Hoy, el veneciano es uno de los iconos permanentes en Samarcanda y en todo Uzbekistán.

Pero esa Samarcanda moderna, con buenos hoteles y restaurantes, hay que dejarla atrás cuanto antes, porque nos espera la otra, la que sedujo a conquistadores y exploradores, la que alberga la plaza más bella de Asia, y puede que de todo el mundo, la que brilló como ninguna otra cuando el resto de Asia y Europa estaba en sombras. Por eso, hay que llegar cuanto antes a la plaza Registán y disponerse a permanecer allí durante horas y regresar a ella siempre que se pueda.

Registán es un gigantesco escenario que parece dispuesto para su contemplación. En una gran superficie, a la que antiguamente convergían las seis principales calles de la ciudad, se alzan en tres de sus lados tres grandiosos edificios. Si no se viene preparado, uno piensa en mezquitas, en palacios, en mausoleos… pero no, son simplemente escuelas. ¿Escuelas con ese lujo? Bueno, aquí se llaman madrazas, escuelas coránicas o incluso universidades, pero la idea es la misma. Se estudiaba matemáticas, astronomía, teología y filosofía. Y resultan sorprendentes estas bellísimas construcciones dedicadas a la cultura que se remontan a 1.420, cuando Europa no había salido de la Edad Media y se consumía en guerras de religión, cuando América no existía y solo algunas zonas de Asia estaban un poco desarrolladas.

El espectáculo visual de Registán es incomparable: mosaicos celestes de mayólica, cúpulas que compiten en color y brillo con el propio cielo, alabastros tallados, columnas con grabados enrevesados, espacios amplios y proporcionados, minaretes de acceso prohibido (aunque con una propina a los vigilantes todo se consigue) desde los que contemplar la ciudad a vista de pájaro… o de ángel habría que decir. Las dos madrazas a derecha e izquierda parecen simétricas, aunque no pueden serlo porque el Islam prohíbe las copias idénticas, pero en la de la derecha, también se han saltado las normas del Corán y se representan leones que más parecen tigres y soles con rostros mongoles, tampoco permitidos.

El esplendor que hoy lucen estas madrazas, las más antiguas y mejor conservadas del mundo, se debe en buena parte al tesón de los soviéticos que supieron rehabilitarlas con maestría tras numerosos terremotos, aunque también se concedieron algunas licencias, como la cúpula azul de la escuela central, donde precisamente se muestra una exposición del estado antiguo y actual del conjunto. La de la izquierda que lleva el nombre del gobernante que la terminó en apenas tres años, Ulugh Beg, nieto de Tamerlán, apasionado de la astronomía, de la que impartía clases, está decorada con infinitas estrellas. En la madraza central, Tilla-Kari (Cubierta de Oro) terminada en 1660, hay un agradable patio ajardinado y una mezquita decorada en azul y oro, con una cubierta también dorada que parece abovedada aunque es lisa. Los antiguos dormitorios y algunos espacios libres están invadidos por talleres de lo más diverso, desde escritura a instrumentos musicales y las inevitables tiendas de recuerdos y artesanías, entre las que destacan sus alfombras y cerámicas, vestidos y pañuelos de seda, antiguos bordados y bellos grabados, algunos pintados con café, que muestran las caravanas de la Ruta de la Seda con Marco Polo al frente.

Otras joyas cercanas

Aunque cuesta trabajo alejarse de Registán y uno se hace la promesa de regresar al atardecer o por la noche y disfrutar su magnífica iluminación, hay mucho que ver en la ciudad y la mayoría de los grandes monumentos están muy cerca. La siguiente visita tiene nombre de mujer y, como tantas cosas en este país, está asociado a una leyenda, o historia, vaya usted a saber. El nombre es Bibi Khanum y fue la esposa favorita de Tamerlán. Durante una de las largas ausencias de su belicoso marido, ella quiso darle la sorpresa de esta gran mezquita, la más grande y ornamentada que jamás hubiesen visto sus ojos, en la que trabajaron los mejores artesanos para hacerla realmente hermosa, empleándose incluso zafiros y turquesas para engalanar tan magna obra. El arquitecto se empleó a fondo, pero terminó enamorándose de Bibi y pidiéndole un beso como premio. Ella se resistió pero finalmente accedió a su deseo y el beso fue tan apasionado que dejó una pequeña huella en los labios de ella. Tamerlán, que estaba en todo, se dio cuenta y, de momento, mandó ejecutar al ardiente arquitecto y, según la leyenda, subió con su mujer al minarete para ver las estrellas, le agradeció el regalo y le dio un empujón que acabó con su vida. Una historia más suave, evita ese final y dice que desde entonces Tamerlán ordenó que las mujeres llevaran velo para no tentar a los hombres, nada nuevo ya que lo llevaban haciendo las mujeres musulmanas desde siete siglos antes.

El nombre de la mezquita se ha conservado hasta hoy, y aunque durante mucho tiempo estuvo en ruinas, todavía puede apreciarse su enorme riqueza y descomunal tamaño. Se dice que para su construcción se emplearon más de noventa elefantes que transportaron numerosos bloques de mármol blanco de la India hasta Samarcanda, el pishtak o portal de entrada mide 38 metros de altura, y una de las cúpulas más de 40, lo que la convierte en una de las mayores de Asia Central y de todo el mundo islámico.

Frente a ella, y contrastando con su grandiosidad está el mausoleo de la propia Bibi Khanum, con cinco tumbas y preciosas estalactitas pintadas, pero poco más. Parece que, en realidad, Bibi no está enterrada aquí, sino su madre y otras dos mujeres de su familia.

Tras la visita, no está mal hacer un alto en el Siob Bazaar, un enorme mercado moderno con cientos de puestos que venden de todo y con simpáticos y amables tenderos que dan aprobar sus productos de forma gratuita. Los puestos de frutas, verduras y especias son especialmente olorosos y coloristas. Llama la atención el gran espacio que se dedica a la venta de halva, un empalagoso dulce típico de la ciudad.

Tal vez sea este un buen momento para hacer un alto y disfrutar de la gastronomía de Uzbekistán, que, como centro que fue de la Ruta de la Seda, tiene influencias de muchos países. El plato tradicional del país es el Plov del que hay hasta 60 variantes y, como casi todo aquí, parece que fue un invento del gran Tamerlán. Se cocina con carne de cordero mezclada con arroz y acompañada de cebolla, zanahoria, pasas y especias como el comino y el cilantro. También son frecuentes en cualquier comida los Shashlik, pinchos de carne de cordero, ternera, pollo o hígado de ave, a menudo servidos con cebolla cruda y las Samsá, unas empanadillas cocidas en horno de barro con diferentes rellenos de carne picada con cebolla, calabaza, patatas o verduras.

Tumbas, reyes y sabios

Uno de los lugares más emocionantes, sagrados y bellos de Samarcanda es Shah-i-Zinda, una impresionante avenida de mausoleos, que contiene algunos de los mosaicos más ricos y vistosos del mundo musulmán. El nombre, que significa “Tumba del Rey Viviente”, se refiere a su santuario original, más interno y más sagrado: un complejo de habitaciones frescas y tranquilas alrededor de lo que probablemente sea la tumba de Qusam ibn-Abbas, un primo del profeta Mahoma, quien se dice que llevó el Islam a esta área en el siglo VII. Es un lugar de peregrinación, por lo que hay que vestir correctamente y ser respetuoso. Al final del camino entre los mausoleos, el complejo se abre hacia el cementerio principal de Samarcanda, que es un lugar fascinante para caminar en silencio.

Shah-i-Zinda fue establecido como un solo monumento religioso hace más de mil años. Varios templos, mausoleos y edificios se agregaron sucesivamente a lo largo de los siglos siguientes, desde el siglo XI al XIX. El resultado es una fascinante referencia cruzada de varios estilos arquitectónicos, métodos y artesanía decorativa que han cambiado a lo largo de un milenio de trabajo.

Desde el punto de acceso hasta el final de la avenida principal hay unos veinte mausoleos de importancia histórica y artística, además de algunas mezquitas y madrasas que salpican el camino. Sin contar el importante número de tumbas menores pero antiguas que yacen a los pies de los mausoleos donde reposan personajes ilustres de antes, después y durante la época timúrida.

La tumba más hermosa es el mausoleo Shodi Mulk Oko (1372), lugar de descanso de una hermana y sobrina de Tamerlán, segundo a la izquierda después de las escaleras de entrada, en el que se puede apreciar el exquisito trabajo de mayólica y terracota con un minúsculo espacio entre las baldosas, una artesanía muy minuciosa. Estas obras muestran la riqueza creativa en sorprendente armonía, ya que ningún mausoleo es igual a otro. Su tamaño modesto permite una intimidad imposible en proyectos más grandiosos.

De hecho, pueden ser las ampliaciones lo que ha mantenido el sitio sagrado y respetado. Eso, y el hecho de que Shah-I-Zinda es una necrópolis, que alberga los restos de numerosas personas, tanto famosas como desconocidas, ha permitido que las diversas construcciones permanezcan intactas durante tanto tiempo. Este respeto por las estructuras existentes y la mejora continua de los edificios ha llevado a un interesante diseño de varios niveles, donde las capas de historia y arquitectura se entrelazan entre escaleras, arcos y caminos polvorientos. Un siglo se cruza con otro en el curso de simples pasos en Shah-I-Zinda. Su combinación de terreno sagrado y mejora continua ha permitido que este complejo en constante expansión permanezca fresco y vibrante a los ojos de los ciudadanos y el gobierno, lo que permite su preservación y protección a lo largo de los años.

Un recuerdo para el cruel Tamerlán

La última visita en Samarcanda (bueno, la penúltima porque en esta ciudad siempre queda alguna sorpresa) debería haber sido la primera, aunque la tentación de Registán hace que se invierta el recorrido. Se trata de Gur-e Amir, el mausoleo del conquistador Tamerlán, también conocido como Timur, que en el fondo y con la ayuda de sus descendientes fue quien dio máximo esplendor a la ciudad. Ocupa un lugar importante en la historia de la arquitectura turco-persa como precursor y modelo de las grandes tumbas de la arquitectura mogol posteriores, incluida la Tumba de Humayun en Delhi y el Taj Mahal en Agra, construido por los descendientes persas de Timur, la dinastía gobernante de Mughal del norte de la India.

Amir Timur quería ser enterrado en una simple tumba en su ciudad natal de Shakhrisabz, pero sus familiares y asesores tenían planes más grandiosos. El hermoso portal y la cúpula azul estriada marca el lugar de descanso final de Tamerlán, junto con dos hijos y dos nietos (incluido Ulugbek el creador de la primera madraza de Registán). Es un edificio sorprendentemente modesto, aunque los azulejos y la cúpula son particularmente hermosos. “Si el cielo desaparece, la cúpula lo reemplazará”, entusiasmó un poeta al vislumbrar la cúpula sin igual sobre el mausoleo de Tamerlán.

El amarillo y el verde compensan el azul turquesa mientras la luz y la sombra juegan con el tono de mosaico. Igual de espectacular es el interior del mausoleo, al que se accede a través de una galería oriental. Las baldosas hexagonales de ónix le dan a las paredes inferiores un translúcido verdoso, coronado por inscripciones coránicas talladas en mármol y pintadas en jaspe.

Los paneles geométricos brillan con estrellas radiantes, junto a nichos colgados con estalactitas moldeadas de papel maché pintado de azul y oro. La cúpula interior gotea un intrincado revestimiento dorado alrededor de las ventanas de celosía altas. Si se entra al mausoleo después del anochecer, la cámara central brilla cuando la luz parpadea desde la colosal araña de cristal que cuelga debajo de la cúpula. El dorado en el techo parece brillar, y se tiene la certeza de estar en un lugar muy sagrado.

Dónde dormir

Aunque en Samarcanda hay infinidad de hoteles de todas las categorías, no es mala opción la que propone el Centro Europeo de Eco y Agro Tourim (ECEAT) con sede en los Países Bajos apoyando el turismo rural basado en la comunidad, lo que representa una oportunidad importante para los países de Asia Central y, por supuesto Uzbekistán, en sus esfuerzos por diversificar la cartera de productos turísticos, reducir la pobreza, preservar las culturas locales y el medio ambiente, generar empleo, ingresos, divisas y expandirse y diversificar las economías.

Las instalaciones turísticas en las zonas rurales y también en las ciudades, incluidas las casas de huéspedes, los hoteles privados especializados y las aldeas agroturísticas y de pesca y caza se están abriendo gradualmente y cuentan con el apoyo de la Unión Europea. Son alojamientos muy sencillos, compartiendo habitación entre varios huéspedes y con un aseo también compartido. Todo se compensa con un buen servicio, magnífico desayuno y precios que raramente superan los 10 euros por persona y noche.

Cómo ir

No hay vuelos directos desde España a Taskent, capital y principal aeropuerto internacional en el país. Sin embargo, el potente buscador de vuelos y hoteles jetcost.es ha encontrado muy buenas combinaciones vía Dubai o Estambul con Emirates y Turkish Airlines, con precios atractivos y vuelos diarios. De Taskent a Samarcanda lo más cómodo es el tren AVE (Talgo español) que tarda solo 2 horas y 14 minutos.

Fotografías

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Más información

Texto: Enrique Sancho
Fotos: Carmen Cespedosa

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