Querido lector que te pillo ahora que estás desocupado, o te tomas un café o estás viendo pasar las nubes de este extraño fin del año 2017.  Ya que te has topado -por supuesto que inadvertidamente, mientras ojeas distraídamente este periódico- con el título de este artículo de prensa, quiero decirte una cosa, también así, como sin quererlo. Tienes a tu alcance, lector si eres manchego, para estas  horas muertas, en que te aburren las moscas que te incordian posándose sobre el pincho de la cerveza que te tomas o en esas siestas calurosas en  que no sabes si seguir dormitando o tirarte al Záncara, al Cigüela o al Canal del Gran Prior, que sepas que tienes como alternativa a tu alcance una inmensa fuente de divertimento, entretenimiento, jocosa distracción y alegres pasatiempos. Se llama “El Quijote”.

Y aquí entramos –lo sé-  de golpe en la primera dificultad para conseguir que nos sigas leyendo. Dices: “¡Por Dios!  ¡Otra vez! ¡Más de lo mismo! ¡Qué agobio!” Y ya casi decides – con toda la razón que por tu parte sin duda te asiste- dejar de leer esta imprevista crónica, porque ya te hemos estado aburriendo inmisericordemente año tras año con la misma cantinela; con esa misma palabrería hueca, reiterativa y ñoña sobre las supuestas excelencias del Quijote, Cervantes y demás fatigadas  películas, historias manidas y conciertos varios de Hamelín ¡Por todas partes tanta voz engolada y gestos trascendidos y trascendentes! Tanta “hipersupermega” devoción encendida y babosa a ese declarado genio “inmarcesible” que dicen que es Cervantes. Hombre –dicen- impertérrito ante las múltiples adversidades que sus primeros biógrafos tienen a bien inventarse y que así le hemos configurado: un rostro cuasi protomartirial. ¡Qué cosas!

En fin, a Cervantes le pintan como hombre dignísimo, como para ser sacado en procesión en un paso de la Semana Santa de cualquier principal ciudad española. Totem de la Hispania preconciliar; reducto de las patrias virtudes, héroe patrio, espejo de virtudes y –en fin- hombre sin ninguna mácula de aquellas que a los humanos nos acreditan ser ciertamente humanos. Sería Cervantes, pues, hombre casi inhumano, en fin. ¡Dios no lo quiera! Así pues: ¡qué cosas! ¡Cómo se fabricó y se inventó, por mor de la inclinación política, una biografía ayuna de documentos! ¡Pobre Cervantes: los fabricantes de la  Historia oficial se han empleado a fondo con él! ¡Y qué antiguo es el aburrimiento que a nosotros, al  pueblo llano (o sea, al no filólogo o académico  profesional) nos provoca esta imagen ideal y tridentina! Pero ¡qué aburrimiento de hombre nos quieren vender! ¿Y quieren que lo leamos teniendo esa imagen que nos da la Academia de él? Pues va a ser que no. No es apetecible leer a supuestos o prefigurados moralistas y a transidos y subvencionados fustigadores de vicios sociales.  Pero es que Cervantes, en el Quijote, no lo es ni mucho menos. No lo busca; no lo pretende. Hemos de olvidar todo esto.

Hay que luchar contra esa parafernalia ideológica creada alrededor de Cervantes que, al fin,  termina desincentivándonos a leerle. Y, por tanto a disfrutarle. Frente al aburrimiento apriorístico  que nos causa ese Cervantes tridentino, heroico y con la cara de Unamuno de su monumento en la Plaza de España de Madrid, hay que decir que el Quijote no es nada de eso. Sino todo lo contrario. Es un libro divertido. Muy divertido. Muy recomendable. Sólo tiene un problema: se publicó hace 400 años y dado que lo bueno es leerle en su original, lo más recomendable es leerlo en la versión original pero actualizada y anotada. Es muy recomendable la edición de Francisco Rico: sus notas posibilitan el entendimiento y el disfrute del texto. Sin estos apoyos se pierde una cantidad importante de elementos de disfrute inteligente.

Así pues, aburrido lector cervecero o cafetero, que andas por aquí: te animo a leer el Quijote para pasar buenísimos ratos. Eso sí: me parece muy importante recalcar el que con esta información que te estoy brindando hagas, como es lógico, lo mejor que te dé la gana! ¡Ojo: de las obras de Cervantes sólo te recomiendo el Quijote! No el resto de la obra de Cervantes. Te he recomendado el Quijote como obra divertida. Y ahí me quedo. Te advierto que el resto de las obras de Cervantes son mucho menos graciosas.  O, más bien, muchas de las otras, nada graciosas. Más que nada porque en esas otras obras Cervantes no pretendía ser gracioso. Quería, en cambio, experimentar habilidades literarias nuevas. Por ello: ¡Por Dios, no se te ocurra leer el Persiles si quieres pasártelo bien! ¡Te puede dar algo! ¡Es hoy esta y otras obras  sólo para aquellos profesionales que su medio de vida es desentrañar académicamente las entretelas de estas aburridísimas obras para el lector del siglo XXI!

Así pues, como resumen, te insisto: para disfrutar y divertirte quédate con el Quijote. Te lo vas a pasar muy bien, si tienes un poco de paciencia. Cervantes es, sin ninguna duda, el hombre que más felicidad y risas ha proporcionado a toda la humanidad. Es cierto y ¡ahí es nada! Pero, para ello, es muy importante que te olvides absolutamente de todo lo que te han contado sobre él y sobre su personaje don Quijote. Casi todo te sobra. Casi todo te estorba. Entra a divertirte apartando esas ideas que te han contado; no busques nada de esas historias que has oído: ni de la clave de la existencia humana ni de cosas trascendentes, ni esotéricas, ni nada de nada:  Piensa solo en divertirte leyéndolo. Te aseguro que, si no buscas nada raro, ni eres fiel seguidor de ideas preconcebidas, sino que te olvidas de todo lo que te han contado, lo pasarás estupendamente.

¡Inténtalo! Eso sí, hay un requisito obligado para ello: tiene que darte la gana.